A BRUXA

wicca

Autora: @lis_ek01

Todo era raro… Hacía mucho que no venía de visita a la ciudad de México, vagar por los museos coloniales ya de noche era muy diferente a hacerlo de día… Esa magia antigua se sentía flotar en el aire…

El guía contaba leyendas algo más oscuras de lo que las había leído alguna vez, escuchar hablar de la llorona era irrisorio comparado con el sentimiento que producía vagar por los museos de noche y sobre todo por el archivo general que anteriormente había sido una cárcel.
No sé si mi mente estaba ofuscada con tantas historias porque de repente vi pasar algunas sombras hacia el patio central, era un pequeño grupo encapuchado alumbrándose con antorchas, o al menos eso reflejaban las sombras…
Fue tal mi curiosidad que me separé del guía por un instante y regresé sobre mis pasos a donde las sombras habían desaparecido.
Nada había ahí, ni sombras ni gente, nada. Mi mente seguramente trastornada por las historias de terror jugaba una broma conmigo… Al dar la vuelta para regresar con el grupo siento que algo roza mis piernas y lógica solo acierta a decir que un gato debe rondar el lugar y aunque de reojo lo busco sigo sin poder ver nada en el sitio.
Comienzo a regresar al lugar donde estaba el guía y algo, no sé qué, me agarra del brazo, el miedo me invade, intento safarme pero en vez de lograrlo me toma más fuerte…
Automáticamente abro mi boca dispuesta a gritar pero ningún sonido emite mi garganta, la desesperación comienza a apoderarse de mí y al querer correr algo golpea mi cabeza, cubren mi nariz con una tela bañada en un líquido fuerte y voy perdiendo poco a poco la conciencia mientras las sombras encapuchadas van apareciendo una a una a mi alrededor.
No sé qué pasa conmigo, estoy acostada sobre algo muy duro, una roca quizá, trato de moverme pero mi cuerpo no responde, cada uno de mis músculos se sienten pesados y mi mente está aletargada, no puedo abrir los ojos…
Trato de calmarme, respiro profundo y comienzo a sentir las manos, los brazos, las piernas… Abro lentamente los ojos y una tenue luz ayuda a ver en donde estoy.
Acostada, sobre una roca lisa, de casi dos metros de largo a un lado de un patio alumbrado en cada esquina con antorchas encendidas, rodeado de puertas viejas de madera todas cerradas, todas menos una y de ahí solo sale oscuridad.
Intento levantarme pero aunque nada me lo impide algo me dice que no lo haga, permanezco recostada en la roca tratando pensar en cómo salir de ahí, en como escapar aunque no sé de qué…
Un ruido proveniente del cuarto abierto me hace estar alerta, algo o más bien alguien sale de ahí, alguien vestido de negro y con una capucha, se acerca lentamente a donde estoy… Mis ojos que se cerraron al escuchar los pasos se abren al sentir un rostro junto al mío y me sorprendo mucho más al ver el rostro de la persona encapuchada…
Hacía mucho que no la veía, tenía varios meses que mi maestra wicca había desaparecido sin decir nada, sin dejar rastro… Sus negros ojos me observan, y una mueca aparece en su rostro, una mueca burlona que se ríe de mí.
Ya nada puede darme más miedo, cuando el patio es bañado por la luna llena algo, un vago recuerdo llega a mi mente… Sin pensarlo hago recuento y se exactamente en qué luna llena estamos… ¡Luna de muerte! Cuando las brujas oscuras hacen sus ritos y matan brujas blancas para congraciarse con el dios del mal.
Necesito escapar! Si no lo hago seré la próxima víctima de una muerte segura o de algo peor…
Nunca quise ser realmente una wicca, aunque la magia se me daba muy bien, muy fácil, era como si alguien más dentro de mí lo hiciera, como si mi cuerpo fuera el portador de alguien de otras eras, de otros tiempos… Cada vez que hacía algún ritual era como si alguien más me poseyera, me transformaba en una mujer de largos y oscuros cabellos, vestida de blanco de tez clara y mirada penetrante… Al parecer era yo descendiente de una bruja blanca, y por lo que ahora veo, soy descendiente de “esa” bruja blanca, aquella que con su sola presencia puede hacer que toda la magia negra termine y que matándola la magia negra reinará.
Necesito escapar urgentemente, sea quien sea yo, haya sido quien haya sido, si no escapo la muerte es segura. Me siento sobre la roca, y al querer bajar de ella algo me agarra fuertemente del tobillo, trato de safarme, y cuando lo logro vuelvo a subir mis piernas a la roca, trato de mirar para ver que hay junto a ella y me doy cuenta que esta sobre un abismo negro, algo hecho sin lugar a dudas con magia y que difícilmente podré contrarrestar…
Nada de lo que aprendí anteriormente me ha preparado para este momento, siempre lo vi como un juego, nunca quise tomarlo en serio. Calculo que pasan de las tres de la mañana, faltan unas dos horas aproximadamente para que todo comience, para que todo finalice, para que mi muerte llegue.
Minutos antes de rayar el alba es cuando el ritual debe hacerse, ojalá fuera yo una bruja negra, pero nunca apareció en mi espalda la serpiente que las caracteriza, no, solo soy una simple mortal que no sabe si ha soñado ser una bruja blanca cuando estudiaba un poco y jugaba mucho con ello… Si tan solo recordara algún hechizo, ¡algo! ¿Cómo hacer para escapar? El abismo a mis pies lo impide, y hace tanto que no practico nada…
Un grupo de gente se acerca, comienzan a escucharse cánticos lúgubres en un idioma antiguo que alcanzo a reconocer, se lo que dicen, algo ata se repente mis muñecas, mis tobillos, me tienden sobre la roca de sacrificios, uno de los miembros  encapuchados se acerca y arranca mis ropas, con una daga traza una fina línea que va de mi cuello al corazón, comienzo a sangrar un poco por lo afilado del cuchillo, el sudor invade mi frente, trato de escapar pero estoy atada fuertemente,  ya nada me salva de la muerte.
Pasa por mi mente todo lo vivido, se acerca a mí quien fuera mi maestra y me observa, me reflejo en sus ojos negros y me entierra la daga en el corazón.
Un destello fuerte de luz blanca inunda el lugar, abro los ojos, me encuentro en una cama de algún hospital pues el olor a antiséptico así lo indica… Mi cabeza da vueltas y sin querer veo mi reflejo en la ventana… Soy aquella mujer de cabellos largos y oscuros, de mirada penetrante.

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EN LA MANSIÓN

Crees que vacío el cuarto está,

pero no notas que una lucecita enciende ya.

La siniestra sombra pasa,

dejando helado el lugar.

Le ves a lo lejos

callando el corazón.

Camina sin pies,

sin ojos él ve.

Atraviesa la habitación,

buscando en cada rincón.

Escapa de su boca un lamento,

no encuentra su cuerpo aquel muerto.

Le mataron sin pudor,

dejando su alma en esa mansión.

Entre sus lamentos te llega a ver.

Sonríe

aunque labios no tiene.

Tu cuerpo querrá

así que tendrá que matar.

Corre, querido,

que un fantasma ha prometido

tener tu cuerpo

para calmar su lamento.

Grita,

aunque nadie te podrá escuchar.

No es tinta roja

la que cruza tu camisa,

sino sangre que el fantasma

hizo brotar sin prisa.

Tu alma sacará de tu cuerpo

y él permanecerá dentro.

No llores, amor,

vagarás dentro de la mansión,

hasta otro cuerpo hallar

y entre súplicas matar.

EL VISITANTE

Si lo ves,

no es tan malo como podrías creer.

Si cerca de tu casa está,

no dudes que entrará a visitar.

Si su larga figura logras ver,

que no te espante que no tiene pies.

Ya verás como te saluda

aunque su cara sea toda oscura.

Notarás que ha entrado,

cuando la puerta abierta hayas encontrado.

Un grito podrá avisarte

que alguien de tu casa vio al visitante.

Es inofensivo, ya lo verás,

pero un buen susto siempre te dará.

Antes de dormir, no lo dudes,

pasará a saludarte

y en el silencio de la noche

´él te dirá “buenas noches”.

Su larga sombra verás atravesar el corredor

y aunque lo persigas no encontrarás a dónde escapó.

No te asustes,

él se irá,

cuando encuentre mejor lugar.

Si lo intentas asustar

él se enojará

y jamás lo olvidarás.

Ten cuidado querido amigo

aunque este aviso esté en verso.

Un día entrará a tu casa

y si no mantienes la calma,

se llevará hasta tu alma.

Así que duerme tranquilo,

hasta que lo encuentres, querido amigo.

EN DÍA DE MUERTOS

Marchaban los tres jóvenes por las calles del zócalo de la Ciudad de México, burlándose de las ofrendas, los adornos de papel, los gritos de los niños pidiendo “totoche” o su “calaverita”, pues decían que aquéllas costumbres eran tonterías.

Tal era la forma en que se burlaban, que una anciana, cuyo tono de voz imperativo los calló, retándolos a pasar aquélla noche en las escalinatas de la catedral. Si nada pasaba, entonces aquéllos jóvenes tendrían razón y como premio ellos podrían llevarse toda la comida que tenía en una fastuosa ofrenda; pero… si pasaba algo esa noche, ellos no tomarían nada.

Los jóvenes, relamiéndose, vieron en la ofrenda pan, cerveza, tequila, pulque, mole, pollo en abodo, tabaco, diversas frutas y más manjares que se veían deliciosos, así que aceptaron aquél reto que la anciana les decía.

Al caer el sol, los jóvenes regresaron al local de la anciana, pasando algunas horas más en su puesto, esperando a que la noche avanzara para ir a las escalinatas de la catedral.

Poco después de las diez de la noche, cuando ya la anciana se hubo retirado y las calle parecían desiertas, con cobija en mano se acercaron a la catedral, para acomodarse entre los portones para esperar.

Media noche y todo sereno. El sueño sin más les fue venciendo. Entre sueños fantásticos un rumor les despertó y cual no sería su sorpresa que frente a ellos pasaba una procesión.

Eran almas que avanzaban sin tocar el piso. Algunos, con semblante calmo, llevaban una vela encendida en su mano; otros, con lánguido semblante llevaban su dedo índice encendido, pues eran aquéllas almas cuyos familiares no se acordaban más de ellos.

Aquélla procesión los dejó mudos sin poderse mover hasta que vieron a la última alma desfilar frente a sus ojos.

Los rayos del sol los tocaron y a lo lejos los gallos se escucharon cantar, pero aquéllos jóvenes no se movieron.

La anciana, como había quedado, a primera hora del día fue a buscarlos a la catedral, encontrándolos sin un latido, abrazados unos contra otros y con los ojos exorbitados; sus pobres almas habían seguido a la procesión.

AMOR DE MADRE

Kishimoto mamá

 

Cuando él nació, su vida dejó de ser la que compartía con Alberto, su esposo, y padres, para reducirse a los 55 centímetros que había medido su hijo. No había nada más emocionante que ver cómo se abría sus pequeñitos ojos y se clavaban en sus pupilas, así como la forma en que sus pequeñas manitas rodeaban sus dedos.

Mariana, poco a poco fue perdiendo el contacto con las demás personas, excepto cuando se trataba algún asunto relacionado con su hijo.

Ella misma se encargaba de satisfacer cada una de las necesidades de su pequeño hijo, desde alimentarlo hasta confeccionarle sus ropas. Poco a poco ese amor obsesivo de Mariana fue afectando la relación existente con su esposo, así como con sus amistades, pues no había forma de que ella se separara de su hijo.

Mariana, dejó de comer y de asearse por estar en cada momento con su hijo, lo que significó que sin tardanza se llamara al doctor del pueblo.

Unos días lejos de su hijo en alguna campiña, así como cuidados para ella fue lo sugerido por el doctor.

-No, mi alimento es mi hijo-, decía ella, -es el estar con él, el vivir para él.

Tras la respuesta de Mariana, su esposo amenazó con separarla de su hijo por la fuerza si era necesario. Fatal error, pues eso provocó que la misma se encerrara en la habitación de su hijo sin querer salir de nueva cuenta.

Mariana en llanto, con la amenaza de su esposo en su mente, besaba las mejillas de su hijo. Sonrosadas y hermosas mejillas que besaba, hasta sentir la necesidad de jugar con ellas y darle pequeñas mordidas.

Afuera, los gritos de su esposo y el doctor se hacían escuchar… dentro, el llanto de su hijo.

Alberto, no paraba de gritar hasta la desesperación, así que sin más, intentó derribar la puerta. Al hacerlo, descubrió a Mariana cubierta de sangre y su hijo, desangrándose en su regazo, con la cara destrozada a dentelladas…

 

UN CADÁVER EXQUISITO

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Levanté la sábana que cubría el cadáver recién llegado a la morgue.

Lo primero que noté en ella fue el cabello negrísimo que nacía en una extraña línea azul cuyo matiz se perdía en la blanca piel del cuerpo. Sus labios sonrosados destacaban con la palidez de la muerte y su semblante era de un pacífico profundo sueño.

Sentí congoja al reconocer que aquélla mujer apenas podría pasar de los treinta. Acaricié suavemente la sien, sintiendo aún la calidez del cuerpo que pronto quedaría completamente frío.

Suspiré. La muerte es cruel, pero justiciera, nadie escapará de ella. Quizá por eso decidí dedicarme a la medicina forense, pues era ver de frente a la muerte a través de los ojos sin vida de cada cadáver cuya necropsia tenía que realizar.

Lentamente fui quitando las ropas a aquélla mujer. Descubrir un cuerpo perfecto me quitó el aliento. Ella parecía dormida y si no fuera porque sabía que no era así, nada impediría que poseyera su cuerpo.

Sentí la sangre acumularse en mi sexo, pero al respirar profundamente y encontrar el aroma del formol, caí en la cuenta de que ese deseo debía irse para poder cumplir mi propósito.

Acomodé todo el instrumental en la mesa, más mi oído, además del choque metálico de los instrumentos, descubrió un profundo suspiro proveniente de la mesa quirúrgica donde se encontraba el cuerpo.

Los cabellos en mi nuca se erizaron, pero una pequeña sorna a mí mismo me calmó. Tantas veces había escuchado sonidos raros y visto cosas que a cualquiera asustarían. Instintivamente volteé hacia la mesa y al hacerlo, descubrí como aquél cadáver exhalaba.

-¡No puede ser!-, me dije, mientras tomaba un estetoscopio para descubrir si el corazón aún palpitaba.

Tomé la aún tibia muñeca de la mujer y busqué el latido con mis dedos, mientras el estetoscopio estaba en su pecho… nada.

Quizá mi imaginación estaba gobernándome, pero esas espesas pestañas negras parecían contener unos ojos llenos de vida.

De nueva cuenta paseé mi mirada sobre aquél cuerpo desnudo. Posé la mano sobre los senos, jugando un poco con los pezones erizados. ¡Un gemido! Sí, estaba seguro que había escuchado un gemido. Observé la cara de la mujer sin encontrar, de nuevo, un asomo de vida.

Mi cabeza punzaba. Dejando a un lado los deseos de satisfacer la erección que sentí dentro del pantalón, volví a la mesa de instrumental.

<<No>> se escuchó proveniente de la mesa quirúrgica.

No había sido una alucinación, lo había escuchado claramente. Me acerqué al cuerpo con más curiosidad que miedo, era absurdo todo lo que éste cadáver estaba provocando en mí. Acerqué mi cara hasta casi rozar el rostro de ella, cuando los párpados cedieron, dejando al descubierto una expresiva mirada color azul.

Salte del susto hasta el lado contrario a la mesa de exploración dejando caer el instrumental que ya había acomodado. El estrépito era poco comparado con el latido que estaba por reventar mis oídos.Tras unos minutos de serenarme levanté de nueva cuenta el instrumental y con delicadeza cerré los ojos de la mujer.

<<Ven a mí>> volví a escuchar como eco proveniente del cadáver.

No recuerdo más lo sucedido. Salvo que me trajeron a una celda, con la ropa totalmente llena de sangre.  El guardia que me trajo aquí me explicó que me habían encontrado cercenando aquél bello cuerpo en busca de la voz que había escuchado. Las manos, los dedos, los ojos… cada parte de su cuerpo la había separado sin poder encontrar el lugar de donde provenía aquélla voz…

 

 

 

 

LA CARICIA DE LA SERPIENTE

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Estoy seguro que no soñaba… estoy seguro que apenas me había acostado… estoy seguro que era casi imposible que “eso” estuviera ahí, sin embargo, el frío contacto con su escamosa piel se sintió como un millón de agujas lacerando mi nuca.

Sentí rozando el asqueroso y reptante cuerpo en cada poro de mi nuca; la primera sensación fue de sorpresa, para dar paso a una sensación terrible de indefensión que no puedes desearle a tu peor enemigo.

Un escalofrío recorrió desde los dedos de mis pies hasta el último cabello de mi cabeza.

Mis manos que descansaban a mis costados, estrujaron fuertemente las sábanas en un supremo intento por no emitir sonido alguno; era una sensación rugosa y áspera al mismo tiempo que inundaba todos mis sentidos.

Nunca había sentido una mezcla de repulsión y miedo tan grande como la que sentí en ese momento.

A pesar de que estaba temblando, procuraba que ese ser no sintiera el temblor angustiante de mi cuerpo.

Mi garganta se sentía cerrada pero al mismo tiempo con unas terribles ganas de emitir un grito.

El temor era tan grande que por un instante estuve tentado a derramar una lágrima.

De repente, el cuerpo asqueroso y viscoso se fue haciendo más delgado. La esperanza y la impaciencia eran sentimientos únicos al darme cuenta que la tortuosa sensación se estaba terminando.

Eso, estaba abandonando mi nuca poco a poco. Sin abrir los ojos pude escuchar como la blanda y hosca criatura se alejaba pasando debajo de los muebles y rodeando mi habitación se escabullía hacia ningún lado.

Me quedé quieto por unos minutos y abrí los ojos lentamente.

Tomé un bate con el que siempre duermo y armándome de valor busqué al horrible animal… no encontré nada.

Desde entonces, cada noche, antes de dormir, reviso debajo de la cama.

 

Gabriel Kurono

Cuento ganador de Terrotic julio

Ars Moriendi, 2007. Joel-Peter Witkin

Ars Moriendi, 2007. Joel-Peter Witkin

 

LA PRESA

por @Caroldemort

Con unas copas de más se acercaban a ella, atraídos por el cebo de una falda corta. Ella era una experta en reconocer a los de su especie por cómo la tocaban al bailar, deslizando discretamente los dedos por su pierna, subiendo un poco más cada vez, queriendo meter la mano en sus bragas de encaje. Ella intentaba retirar esa mano, pero la persistencia del hombre era el distintivo.

Esa noche, él se acercó directamente, bailando detrás de ella, queriendo sentir la curva de su espalda, deslizando su mano por el abdomen, atreviéndose a rozar el escote con descaro. La puso de frente y la besó con arrebato, introduciendo la lengua en su garganta hasta casi asfixiarla.

Ella trataba de zafarse, pero la fuerza de él era superior mientras la acorralaba en una esquina y comenzaba a tocar sus pechos, pellizcando sus pezones de manera ruda. Ella forcejeaba y trataba de evitar el contacto de ambas pelvis, mientras él bajaba rápidamente el cierre de su pantalón para liberar una erección hambrienta. Ella se rindió y separó sus piernas mientras él arrancaba sus bragas con furia, excitado por las lágrimas en los ojos de la mujer a la que poseería esa noche.

Al momento en el que comenzaba a sentir el calor de la entrepierna de ella, sintió un dolor terrible y se horrorizó al ver sangre manchando su pantalón y unos dientes escondiéndose de nuevo entre las hermosas piernas, llevándose su virilidad cercenada al interior de las cálidas fauces.

Ella caminó hacia la salida sin que nadie notara al hombre que se desangraba en la esquina del bar. Por una noche más, quedaba satisfecha.

Cuentos participantes en Terrotic julio

Ars Moriendi, 2007. Joel-Peter Witkin

Ars Moriendi, 2007. Joel-Peter Witkin

CUENTOS PARTICIPANTES EN TERROTIC JULIO

ENCUENTRO CASUAL
por @eli_xj

Todos los padres les advierten a sus hijos que no deben confiar en extraños, y menos si son amables. Él no solo era amable, era guapo, interesante y misterioso; Solo basto una mirada suya para sonrojarme, que me invitara una copa para que me riera como loca y una caricia suya para que me tuviera a su merced.

Ni siquiera sé en qué momento llegamos al hotel, solo recuerdo lo deliciosos que eran sus besos, y como empezó a mordisquearme el cuello haciéndome perder el control, recuerdo haber tenido dudas mientras sus labios recorrían mi piel, recuerdo que mi poca cordura me gritaba que me detuviera antes de que el calor de mi cuerpo la extinguiera.

–¿No crees que vamos muy rápido?– Le pregunte cuando empezó a quitarme la ropa
–¿Acaso me tienes miedo?
–No–, respondí lo mejor que pude mientras las violentas palpitaciones de mi corazón entrecortaban mi respiración.
–Pues deberías–, me murmuro al oído con una voz casi imperceptible mientras acariciaba con fuerza uno de mis pechos

Apago las luces y me arrojo a la cama donde empezó a hacerme el amor. Era tan brutal la forma que me penetraba que no sabía si mis gritos eran de dolor o de excitación, mi cuerpo se contorsionaba de una forma casi sobrenatural; entonces fue cuando lo vi. El galante caballero se había convertido en un horrible monstruo, era lo más inhumano que había visto jamás, solo conservaba su sensual mirada, me mostró sus afilados dientes en una sonrisa macabra y comenzó a devorarme.

La tibia humedad de mi pubis fue reemplazada por la de mi sangre escurriendo a borbotones de mi cuerpo desgarrado, en menos de 20 minutos no quedaba ya nada de mí. Ni un hueso, ni un cabello. El monstruo se tomo un momento para limpiar la sangre que le escurría por las garras, rompió la ventana y huyo en la oscuridad, seguramente buscando otra presa para seguir saciándose.

EXTRAÑO TU SONRISA
por @lis_ek01

Extraño tu sonrisa… Esa doble… La que con tu mirada y tus labios me obsequiabas… La que hizo girar mi mundo y ser feliz.

Todo sucedió tan de repente que nunca supe a ciencia cierta qué pasó, todo es tan vago en mi mente… solo recuerdo el momento en que te desnudabas frente a mí, me mirabas con esos ojos tan grandes como el amor y esos labios que se hicieron para ser por mi besados.

La tarde pasaba y los gritos de placer no se hicieron esperar, me enterré en tu cuerpo una y otra y otra vez y cuando estaba por vaciarme en ti, algo se posesionó de tu cuerpo… tus ojos que eran de un café claro cambiaron a un verde intenso, era como si fueras otra mujer, pude vislumbrar la silueta de alguien que no conocía, muy diferente a la mujer de la que estaba enamorado.

Comenzaste a jugar más lascivamente, a lamer mi piel, a chupar mi falo erecto, vagaron tus manos por mi espalda como nunca lo habías hecho… dejaste de comportarte como la tímida mujer que siempre eras…

Me gustó tanto ese comportamiento que hice de lado lo más obvio… no eras tú.
Inundamos el lugar con cada uno de nuestros gemidos de placer, nunca me había sentido tan pleno y lleno de amor, tanto que a punto estuve de confesar lo que nunca te había dicho y al mirarte a los ojos y al comenzar a salir de mis labios ese “te amo” un rictus de dolor invadió mi rostro, la mujer a quien acababa de llenar no eras ya tú, esa otra mujer a la que había creído imaginar apareció enfrente mío, su sonrisa burlona y su mirada asesina no se hicieron esperar… no sé cómo o de dónde se hizo de un cuchillo, de reojo pude verlo por el brillo de la hoja de la cual apenas si pude librarme cuando con mano firme me atacó a matar.

La mujer se abalanzó sobre mí cuchillo en mano, blandiéndolo de un lado al otro de mi cuerpo, hiriéndome pero no de muerte sino por el placer de verme descarnado y sangrando… una muerte lenta me esperaba, era demasiado fuerte, raro en una mujer de su talla… al querer herirme en el rostro pude asirla y sacando fuerzas de flaqueza arranqué de sus manos el cuchillo, la desesperación hizo presa de mí, la agarré fuertemente del cuello con una mano y con la otra le encajé una y otra vez el cuchillo en todo el cuerpo… fue tal mi saña por lo que me había hecho que de estocada final se lo enterré en el corazón, en ese momento vi sus ojos los cuales se tornaron en los tuyos que mirándome con amor y horror apagaban su luz.
Nunca supe a ciencia cierta que pasó, solo sé que siempre extrañaré esa sonrisa tuya… esa doble… La que con tu mirada y tus labios me obsequiabas… esa sonrisa doble, esa que yo maté.

SIN RESERVAS

por @GirlLocura

Ansiosa siempre al sentirse observada, Kyra se desnudaba ante la mirada del monstruo que merodeaba por el valle; lentamente se despojaba de las prendas disfrutando con el atisbo pervertido de quien por la ventana espiaba. Desabotonaba la camisa lentamente, bajaba por un hombro, descubría la espalda, quitaba el sostén despacio; le llamaba a cada instante con el cuerpo; la falda escurría por sus largas piernas hasta el suelo y se paseaba semidesnuda por la habitación. Ella hacia parecer que no se daba cuenta que la contemplaba, él intentaba esconderse lo mejor posible, pero la belleza de Kyra lo había embrujado.

Sin reparo, Kyra decidió hacerle frente al monstruo dejándole una nota en la ventana, –Ésta noche permanecerá cerrada, quiero que sea usted quien me quite hasta el miedo; a las 20:00 le espero–, así dictaba el mensaje.

Se vistió de pasión para su monstruo, con encaje rojo y prendas traslúcidas que hacían resaltar la figura; llegada la hora lo hizo pasar, lo invitó a su habitación y suavemente lo dirigió para que la tomara de la cadera. Kyra suponía que el encuentro sería dulce, nunca imaginó la brutalidad que le esperaba.

De un arrebato le arrancó toda la ropa, le enterró profundamente las uñas en los muslos y la jaló con mucha fuerza hacia él. Salivaba como lobo dispuesto a devorar a su presa, no podía detener el frenesí que experimentaba al tenerla en sus manos, al olerla, al sentir su piel caliente, la respiración cortada y agitada por el miedo que le provocaba… lo excitaba tanto. Lamía sin compasión cada fluido que emanaba de Kyra, bebía cada gota que brotaba del manantial en su vientre; su lengua penetraba, jugueteaba, oprimía y mordía el clítoris hasta exprimir todo el jugo vaginal que calmara su furia… ¡imposible!

Completamente inmovilizada en la cama, la ultrajaba una y otra vez en todas sus oquedades, su sexo erecto escurría de placer, leche tibia y espesa, era la miel del diablo, regalo que el infierno le brindaba a Kyra. Desgarrada desde las entrañas, sentía partirse a la mitad con cada embestida que le daba; la avidez del monstruo era insaciable, las marcas de sus excesos estaban por toda la piel de Kyra; los muerdos se tornaban morados queriendo arrancar los trozos, las sogas habían dejado llagas profundas en las muñecas, cuello, piernas, tobillos. Kyra jadeaba de éxtasis, sus gritos eran de placer y dolor a la vez.

Los encuentros eran frecuentes, salvajes y Kyra moribunda, rogaba por un poco de compasión; suplicaba morir, había entregado el cuerpo sin límites, siempre a los pies del monstruo, a las órdenes de sus perversiones, cada petición cumplida era rendirle pleitesía.
Ella, decidida, se quitaría la vida… él no la detendría.

UNA MENTIRA

por @Nox_Natalia

Ella se miente… Sí… dice que no ha muerto. La primera noche que vino a mí, aún su cuerpo supuraba sangre de las heridas y se mostraba desorientada.

No sé decir de cierto cómo es que tuve el valor para decirle que había muerto, pero así fue. Ella se negó a creerlo y entre lamentos agónicos que despertaron el vecindario, huyó. Pese a ello, se negó a volver al cementerio donde días atrás habíamos dejado su cuerpo. Cada noche volvía a mí.

Su cuerpo no se marchitaba, al contrario, madrugada a madrugada mostraba mejoría y en su afán de creerse viva, se metía a mi cama despertándome con caricias.
No se puede amar a una muerta, lo sé. Pero sus pezones fríos entre mis dedos y mi falo en su boca eran la mejor exposición de lo que era hacer el amor antes de que muriera. Cada movimiento en sus caderas llena de frío mi sexo, un frío acogedor como el orgasmo en su vientre.

Teme volver cada noche, sola, al lugar donde se encuentra su tumba; aunque haya sido el lote más alegre que pudimos encontrar. Le teme a la soledad, siempre lo hizo. Aún envuelta entre mis brazos desde del amor, tiembla ante la idea de regresar cada día a su morada actual. Dice que no ha muerto, que no tiene que marcharse e intenta convencerme con la tersura de sus fríos dedos en mi espalda, haciéndome su montura cada noche. Yo la observo palidecer día a día. Se convierte en un ser etéreo, temeroso incluso, de la propia oscuridad.

No, no me miren así, sé que lo digo es verdad. Se aferra a mi pecho acurrucándose para dormir, deseando jamás partir. La lleno de mí, pero no es suficiente. ¡Oh! Detestaba sus temores y ahora, parecen tiernos recuerdos de lo que ella fue. Anoche intenté convencerla de que la vida se le ha escapado y me enterré entre sus piernas para probarlo… sin embargo, fui yo el que deseó estar muerto para no separarme de aquéllas paredes vaginales que apretaban mi miembro, entre suaves contracciones que me hacían gemir, con la cara entre sus senos. Verla partir antes de que saliera el sol, con la cara compungida pese al deseo expuesto entre ambos, ha sido lo peor que he visto.

No quiero que cada noche marche sola.

Por eso, el veneno en sus tazas de café, ha sido la solución a nuestro problema.

No… no me juzguen, ella necesita de los seres que ama para venir a mí cada noche y partir con adecuada compañía, y yo, necesito esperarla aquí en la casa, cuidando lo que fue nuestro hogar.
Descuiden, no dolerá mucho, tan sólo la respiración se hará difícil y el estertor será algo incómodo… si, así, relájense en silencio. Ella pronto vendrá y quiero que los vea sonrientes, calmos, para que puedan acompañarla en la madrugada de regreso al panteón, después de las horas que compartiremos en la cama.

SOFÍA, SAMUEL Y LOS AULLADORES

por @Phominum

En un mundo sin paredes puede degustarse la soberbia de la noche desde la intimidad del lecho. Sofía gozaba de tal privilegio; entrecerraba sus ojos ligeramente para hacer en el manto nocturno, algo más de noche. Dejaba en un punto caer la sábana de helechos y hojas de palma y así, desnuda y rutilante tanto o más que la luna, confundía a las criaturas adoradoras de ésta y ocasionaba que aullaran ahora por ella continuamente. La selva se plagaba de una locura estentórea que parecía interminable, sin embardo, en algún momento indeterminado, la mujer se cubría y así es como la tormenta cesaba y de ella no quedaba ni el eco.

Entre los lobos crecidos Samuel era el más joven y huidizo, a años luz de ser alfa; sus colmillos se asomaban un tanto de entre sus comisuras cerradas y tenía el pelo crespo, irregular e incluso pelado en áreas como el pescuezo. Él nunca había aullado, no como lo hacen los machos de gran calado. ¿Debiera temer Sofía a la jauría que la rodea mostrando unos colmillos temibles de carnívoro, que gruñe y ladra mientras deja escapar saliva que es lava? En contra de cualquier razonamiento Sofía no deja su lecho; se incorpora, solamente esto.

«¿Qué quieren?», reta a las criaturas mitad humanas.

«Comida», responde uno que se yergue; su cabeza a más de dos metros de la superficie. No es éste el que comienza el asalto, se adelanta Samuel… Seguramente pagará después con su vida el arrebato. Se le echa a ella encima y la derriba, queda ésta de espaldas, mirando a la luna que atestiguará sin parpadear el ultraje…

El macho alfa, la jauría entera, ellos juntos parece que han enloquecido. Aúllan. Aúllan como si en lugar de ser los verdugos estuvieran pidiendo auxilio.

¿Se habrán dado cuenta de que el hocico del novato Samuel no se está alimentando de la divinidad sino que la está besando? Besando con tibia, húmeda, grácil y rítmica profundidad.

EL ANFITRIÓN

por @XavierLoeza

La invitada contemplaba la pared, húmeda y musgosa revelada por el halo de luz que entraba por la ventana enrejada, mientras sus sollozos provocados por el distanciamiento forzado con su familia resultaban aprisionados por la cinta plateada adherida en su boca.

La invitada… llamada de ese modo tantas veces (por él) que olvidó su verdadero nombre. La repetición incesante adoctrinó su mente haciéndola dudar de la verdad más evidente. El sonido de la puerta abriéndose la sacó de su enajenamiento. El crujido del piso era cada vez más fuerte, hasta que al detenerse, ella alzó la mirada y se topó con la del anfitrión.

Él, sin miramientos la tomó del cuello y lentamente la empujó hacia atrás, inclinando la silla donde se encontraba sentada hasta que tocó el suelo. Arrodillándose sobre su vientre comenzó a besarla para excitarse y así gozar la fricción que provocarían sus senos. Al hacerlo deshizo el nudo de las cuerdas que la dominaban. Sacó su erección y la enterró entre sus enormes tetas, la piel suave de la invitada se erizaba sin querer por los duros roces.

Hipnotizado por su boca roja, llevó a ella su miembro, ella sabía que era contraproducente negarse, así que la recibió. El salvaje movimiento le producía arcadas que solo hacían que su barbilla se llenara de saliva y líquido seminal. Las lágrimas de una mirada infantil en un cuerpo maduro lo encloquecían. La levantó y obligándola a estar boca abajo con la sucia barbilla en una plataforma de madera, la penetró sin descanso. El glande entraba fácilmente por la estrecha vagina, el olor a sexo ahogaba a la víctima. Mientras la poseía mordía su cuello y lamia los lóbulos de sus orejas mientras respiraba como toro. Después, al terminar de experimentar el acto anal, él se despidió de ella.

Sin saberlo estaba recostada sobre la obsesión del anfitrión: Una guillotina. La cuchilla se incrustó en el roble. La cabeza, envolviéndose delicadamente en su cabellera castaña caía, para terminar su vuelo posándose sobre el cojín rojo. El dolor causado por la prolongación obligada de la erección estaba comenzando. Apurándose por acabar, agarró la sanguinolenta esfera. De una sola sacudida los restos de la columna vertebral salieron de la cabeza decapitada, y en un solo movimiento, el libertino clavó su erección en la cavidad para descargarse.

Al terminar, tomó la cabeza por la melena y se dirigió al armario al final del pasillo. Abrió la puerta y se escuchó una montaña de objetos caer al unísono. El anfitrión tiró la inmundicia que sostenía en la mano con indiferencia y cerró el ropero. Después tomó el cuerpo por los tobillos y lo arrastró hasta llegar hasta una oscura estancia, un baño. Arrojó el cuerpo en una bañera con líquido burbujeante y fue a su dormitorio.

A la mañana siguiente pilló las llaves de su camioneta y procedió a salir, no sin olvidar la fría y silenciosa cinta adhesiva plateada.

Tal vez encuentre otra invitada.

SUPLICIO

Caen mis lágrimas.

Mejillas amoratadas por golpes apasionados.

Las cintas sujetan mis manos.

En mi piel se cuela un frío helado.

Mi boca en silencio.

Atada con un vendaje blanco se encuentra.

La Luna emite un destello.

Su mano sujeta el cuchillo.

Su rostro bajo una capucha.

El helado filo corta la piel.

No hay más que ceder

al agudo dolor.

Gemidos, estertores

y tu boca susurrando que calle

mientras tus manos operan en el cuerpo.

Muerte…

Que llegue la muerte

o detén éste suplicio.